Mis pantis usados y el cliente de Módena

Mis pantis usados y el cliente de Módena

Hacía calor en Módena. Caminaba por la ciudad con unos pantis negros y brillantes, sabiendo que aquella noche me los quitaría delante del hombre que había venido precisamente por ellos. No quería un par nuevo de una tienda. Quería los que yo había llevado todo el día: al pasear por las calles, sentarme en los cafés y sudar con aquel calor. Le excitaban mi olor, el nailon y la idea de que la tela había estado pegada a mi cuerpo durante horas.

Los hombres vienen a verme con deseos muy distintos. Algunos dicen sin rodeos que quieren sexo. Otros se hacen los caballeros respetables durante mucho tiempo antes de atreverse a contar su fetiche. Este cliente me había dicho de antemano lo que buscaba. Le gustaban mis piernas y que yo fuera una mujer trans, pero lo que más quería eran mis pantis usados. Pagaba por ellos y no fingía que fueran un recuerdo de una cita romántica.

Aquella mañana me puse unos pantis negros de 60 DEN. Se ajustaban a mis piernas y brillaban un poco bajo la luz. Al caer la tarde ya llevaban encima todo mi día: el calor, el largo paseo y la temperatura de mi piel. No me cambié antes de que llegara, a propósito. Tenía que verlos todavía puestos en mí.

Cuando abrí la puerta, me saludó y casi de inmediato bajó la mirada hacia mis piernas.

—¿Los llevas hoy? —preguntó.

—Desde esta mañana, cariño. Tal como me pediste.

Sonrió, pero se quedó junto a la puerta, como si le diera miedo mostrar cuánto le habían excitado mis palabras. Sacó el dinero enseguida. Después fuimos al dormitorio, donde empezó a perder la compostura.

No me quité los pantis de inmediato. Seguía todos mis movimientos y yo veía las ganas que tenía de sostenerlos. Aquel hombre, normalmente tan tranquilo, no podía apartar los ojos de mis piernas. Por fin deslicé lentamente el nailon por mis piernas, le di la vuelta a los pantis y se los entregué.

Los tomó con las dos manos y los apretó contra su cara. Cerró los ojos, inspiró profundamente y volvió a hacerlo. No quería perfume ni olor a ropa recién lavada. Lo que le ponía era que aquellos pantis olieran a mí. Ya no intentaba ocultar su deseo ni cuánto lo excitaba ese fetiche sucio.

Terminamos de follar y se corrió sobre mi cuerpo sin soltar mis pantis. Después permaneció callado un rato. Luego los dobló con cuidado y los guardó en el bolsillo interior del abrigo. Por la delicadeza con que lo hizo, supe que volvería.

Una semana más tarde le preparé otro par: unos pantis rojos y finos de 20 DEN. Después del nailon negro y tupido, resultaban casi provocativos. Me los puse por la mañana y los llevé durante todo el día por Módena.

Al ver el par rojo, se detuvo en mitad de la habitación. Esta vez yo ya sabía exactamente qué le pasaba por la cabeza. No lo excitaban solo el color ni mis piernas visibles a través de la tela transparente. Miraba algo que yo llevaba puesto desde la mañana y que pronto podría llevarse consigo.

Se lo dije a la cara. Se sonrojó, aunque ambos recordábamos perfectamente nuestro encuentro anterior. Me hizo gracia que hablar de mi olor le diera más vergüenza que el sexo. Cuando le entregué el par rojo, lo trató con el mismo cuidado que el negro.

Después siguió viniendo. Cada vez quería pantis que yo hubiera usado de verdad, nunca un par nuevo comprado para él. Me gustaba su sinceridad. No disfrazaba su lujuria con palabras bonitas, y yo no fingía que no sabía por qué había venido.

Así recuerdo al cliente de Módena: educado y reservado, pero capaz de perder la cabeza por mi olor y por el nailon que había llevado puesto.

IVI. 🖤